17 de enero de 2012

Volver: los extremos y las cenizas del diskette

El mundo digital requiere velocidad y un comportamiento casi instantáneo. O no. Ayer se cumplió un año desde mi último texto para Juego de Palabras. Hoy deja es lugar, con este otro texto, escrito en Noviembre y publicado hoy, casi dos meses después.


Es una forma de volver.


Aquí lo que escribí allí, atrás en el tiempo y en la distancia.


La intención de título era, y sigue siendo: “Los extremos y las cenizas del diskette”.
Cuando uno combina melancolía, reencuentro y calles de Buenos Aires llega a un punto en el que la confusión es válida. La sorpresa, la admiración, la silenciosa observación, el sentido de pertenencia.


Podrán decir algunos que esa mezcla se logra en cualquier lugar a donde uno llega, para volver a transitar, años después, las calles que le dejaron alguna huella en el alma.


Pero como suele decirse, la reina del Plata tiene ese nosequé que la hace diferente, y que transforma a los que viven o vivieron en ella... El surrealismo cotidiano, que en los locales es costumbre, pero que asombra al que es y no es de acá.


En 48 horas pude ver, o mejor dicho volver a constatar, la identidad única e inconfundible de esta ciudad, que es sin duda una de las grandes ciudades del mundo. Cuando diez años atrás me lo dijo un gran amigo que hoy llora a San Lorenzo desde el cielo pensé que su exageración era enorme como el cruce de la 9 de Julio o la tristeza por un campeonato albiceleste cada vez más lejano.


Pero están acá y son ciertas: la identidad única y la persistente presencia de sus palabras.


Lo porteño, con su gente y sus contradicciones.


Como un diskette “de tres y medio” tirado en el piso frente a una de las torres más emblemáticas del Bajo, donde casualmente se aloja una de las empresas que es sinónimo de alta tecnología en el mundo.


El diskette (debo pensar si poner un link para quienes nunca vieron uno ni saben que existió, por las dudas, pueden ver la foto o googlearlo) está justo ahí, tirado, esquivado, ignorado. Ilustra el pasado y el presente congelado en una foto de un país que parece que pasa más tiempo mirando y protestando por el pasado que construyendo el futuro. Cuando lo vi por primera vez lo comenté con dos amigos y regresé al día siguiente para sacarle la foto. Pisoteado por una muchedumbre que lo ignora, lo volví a encontrar. Y lo dejé ahí para no cambiar el equilibrio de su propio ecosistema.
Ahí debe estar todavía, en su privilegiado hogar en Paseo Colón, desapercibido como una de las marchas de protesta que crucé, a puro bombo y platillo, que deambulaba por calle Florida casi inadvertida.


Esta es una ciudad donde una marcha pasa por una calle y se escurre entre los transeúntes como si fuera una garúa más breve que un tango, uno de esos que son bien cortos. El único que esquivó la marcha fue un perro, que se metió en una librería a esconderse del ruido. Los vendedores se reían, del perro (y el chiste fácil pero efectista de uno de ellos... “miren, otro vendedor perro que viene a laburar acá”), de la marcha protestona que avanzaba rumbo al Ministerio de Trabajo, y de mi, que me reía de ver cómo se reían y de lo ridículo de la situación.


Tierra de vivos y ventajistas, de insultadores de un Messi que está en prácticamente cada vidriera, adoradores del Diego que desde el Medio Oriente tiene más prensa que la Presidenta, de gente que vive en la mayor concentración del mundo combinada de psicoanalistas, cafeterías, alfajores, sandwiches de miga y camisetas de fútbol de todos los equipos importantes del planeta.


En Buenos Aires se puede comprar hasta la versión de la camiseta Argentina campeona en el prehistórico mundial del 86, en versiones original y trucha (falsa, para los que no conocen la jerga). Quizá se haya inventado hasta una semi-trucha. Y en el mismo lugar compiten por la billetera las pilchas con la foto del Che, Gardel, Homero Simpson o cualquier ícono del mundo global.


Calles de gente que anda apurada en los últimos metros del destino pero se puede sentar a “perder” (o casi con seguridad “ganar”) tiempo en un café. Lugar de gritones que manejan el multitasking a la perfección porque están acostumbrados a escuchar la conversación propia y ajena, entre el rugido de los motores de los Mercedes Benz que se empecinan en largar el humo más negro, espeso y anti-ecológico que se pueda imaginar. Locos lindos que arreglan el mundo en un ratito de charla en una mesa, o explican el por qué es imposible arreglarlo. En ambos casos, tienen razón, mejor no discutirles.


Ciudad de gente que está hiperconectada con uifí (wi-fi). “Es una ciudad de extremos”, me dijo Eduardo, remisero que me llevó a Ezeiza y me explicó que su auto tiene uai-fai (lo pronunció en inglés), quien con precisión sociológica me describió que es normal que una manifestación no llame la atención porque los porteños tienen y conviven permanentemente con los extremos.


Eduardo me comentó, también, que dejó su trabajo de empresario en el mundo discográfico para manejar su auto, porque es menos estresante. Atentos todos aquellos que protestan del vértigo de la vida: apunten esto... si creen que tienen estrés manejen un par de horas un auto en Buenos Aires y después hablamos... Y para los mercadólogos y marketineros de las grandes empresas, sigan de ejemplo a Eduardo: en una ciudad, en un país y un mundo en el que muchas compañías no le prestan atención a sus clientes, un remisero tiene wi-fi para darle un servicio único a pasajeros que, según el mismo confirmó, probablemente no vayan a andar nunca más en su auto.


La gente hace a la ciudad y es la sangre de sus venas, circulando a borbotones entre adoquines de principios de siglo pasado y modernidad tecnológica, arquitectónica y de pensamiento. Pero también acepta, cómo no, lo retro como una moda. Buenos Aires, Argentina, donde en una dependencia pública o semi-pública los que trabajan, entre trámites, chatean por Facebook y ven videitos de Youtube de Sumo, una banda que desapareció hace décadas tras la muerte por cirrosis de su líder Luca Prodan.


En una paradoja de dos pisos, los videitos retro, además, satirizan a los gobernantes que están a cargo de la entidad donde están los empleados que se ríen de ellos mientras trabajan; chatean y se vuelven a reír, incluso de y con los que se ríen de ellos, como yo, con una mezcla de complicidad y admiración (de mi hacia ellos.... del otro lado probablemente sea lástima con un “señor”). Los felicito por Sumo, por lo retro mezclado con medios sociales. Por reírse de ellos y hasta de los que les dan trabajo.


Ya terminó el yira yira y mientras escribo esto voy terminando de saborear el coctel notable de melancolía y reencuentro, previos a la partida demorada de regreso a mi vida, tras las cenizas del volcán que se mezclaron en el aire, en la mente y en el corazón, y me dejaron varado un día en uno de los mejores lugares que hay en el mundo para tener un día de más, con tiempo para pensar en los extremos y en lo curioso de sentirse en casa a miles de kilómetros de distancia.

16 de enero de 2011

Saber que uno es algo

A veces es bueno saber que uno es algo.

La definición básica sobre la cual construir la realidad que nos rodea. O intentar cambiarla.

La única certeza absoluta corresponde a lo que algún día no seremos.

Más allá de lo que nos muestre el espejo, nuestras intenciones, lo que la sociedad indique o el "entorno" espere, debemos intentar saber con claridad quiénes somos. Definir lo que queremos ser y hacer hasta lo imposible para lograrlo.

El tema es complicado. Hay que separar lo que creemos que somos, lo que realmente somos y lo que queremos ser. El esfuerzo de entender -o aceptar- todo esto puede llevar décadas y quizá no podamos completarlo nunca.

Sin embargo, la dificultad no debe suspender el intento. El suspiro de la vida es demasiado importante como para dejarlo pasar con la cabeza en la almohada. Dormirse, en la intrascendencia o los laureles, es imperdonable.

La realidad de ser alguien que no queremos ser, o de apartarnos demasiado del ideal que pretendemos, renunciando a nuestras ilusiones, debe corregirse.

Al fin y al cabo (expresión literal en este caso) todos terminaremos con alguien diciendo en un momento frío el "no somos nada" de ocasión.

Esa verdad debe dejarse para la resignación del día después.

El regalo de la vida viene envuelto con la obligación moral de hacer algo razonable, plausible y merecido con ella.

16 de noviembre de 2010

Expectativas y logros

En el imperio de la avaricia, lo bueno, bonito y barato es ponderado como lo ideal.

En el reino de la abundancia los excesos hierven hasta derramarse.

En el andén del conformismo y la complacencia, quizá nos podamos sentir bien con lo bueno, aunque sea feito y carito.

Y, en algunos casos, hasta lo que es regular -incluso en el borde de lo malo- puede servirnos para lograr lo que esperamos o necesitamos.

El eterno debate entro lo ideal y lo posible tiene múltiples matices según la actitud y la forma de ser de cada persona.

Creo que hay algo claro en la discusión: si en la búsqueda de lo óptimo nos negamos a reconocer los avances obtenidos, perderemos la capacidad de alegrarnos por lo que es posible conseguir.

Si podemos bajar al menos levemente la expectativa de lo que consideramos ideal, la exigencia será más liviana, y la felicidad más frecuente.

Entonces, una fórmula a considerar es buscar siempre lo mejor, pero sin enloquecerse con objetivos inalcanzables, mantener la capacidad de apreciar los logros y, también, valorar el recorrido, más allá de los obstáculos o tropiezos en el camino.

En esa búsqueda, unos minutos pueden ser una vida; un abrazo, la convivencia; unas palabras, El Quijote de la Mancha; unos últimos instantes, un recuerdo para siempre; un estribillo, la canción más maravillosa; unas gotitas de agua o de vino, la diferencia entre el vaso medio vacío y el corazón medio lleno.

Nos vemos en el prôximo instante. En un reencuentro. Con expectativas bajas, para superarlas nuevamente.

5 de octubre de 2010

Cuestión de tiempo

El tiempo pasa y nos empecinamos en perderlo.

Cuando lo busquemos ya se habrá ido. Quizás nosotros también.

A veces queremos acelerarlo. Luego crecemos y deseamos que se vuelva más lento.

Las alegrías son fugaces. Las amarguras persistentes, los regresos mucho más rápidos que los caminos de ida.

Objetivamente el tiempo es siempre igual e inobjetable.

En lo subjetivo, el velocímetro se ajusta con los sentimientos y sensaciones: la felicidad acelera. De lo otro mejor no hablar ni escribir.

Los novelistas y poetas insisten en que el tiempo se detiene. Pero bueno, tienen licencia para soñar. El resto del mundo tiene que laburar y, veinte años más tarde, comprobar que el tango tenía razón sobre las dos décadas y la nada.

Mientras, muchos esperamos "algún día" para hacer algo que postergamos con frecuencia.

Lo archivamos para el futuro, que no existe nada más que en nuestra mente e ilusiones.

El pasado fue pisado y es reescrito por la memoria, caprichosa en recordar las situaciones como quiere. Hasta que ya no encuentra nada.

El presente es lo único que tenemos. Y a cada rato se va.

Entonces, hay que apurarse y tomar las decisiones importantes.

Fijar las prioridades.

Aplicar la eficiencia para hacer las cosas que no nos gustan o no nos convencen demasiado.

Y, así, dejarnos la libertad de “perder el tiempo” en lo que realmente nos hace felices, con quienes queremos compartir la vida, o tratando de encontrar eso que nos hace sentir bien.

29 de agosto de 2010

La gente y sus líos

Hay quienes siempre andan en líos.

Los arman.

Los buscan.

Los reciben.

Los heredan.

Los comparten.

Los esquivan.

Los enfrentan.

Los transfieren.

Los agrandan.

Los esconden.

Los niegan.

Los minimizan.

Los sufren.

Los analizan.

Los ignoran.

Los transforman.

Los disfrutan.

Y algunos pocos, los resuelven, los encausan o los reducen.

Empecemos a pensar qué haremos con el próximo, antes que se venga encima.

6 de agosto de 2010

Situaciones extremas

Aún sin haber pisado nunca un cuadrilátero, ni jamás haber estado cerca de uno, podemos saber lo que es estar contra las cuerdas.

No hace falta tener experiencia directa como zaguero para entender la importancia de tirar la pelota a córner en situaciones extremas.

Hollywood nos ha enseñado con cientos de películas lo que es estar touché en esgrima.

Comprendemos lo que significa que falte poco y que tenga la pelota el que nos puede clavar un triple que defina el partido, siendo responsables por la marca.

A veces podemos sentirnos así, caminando en una cuerda floja, a 20 metros de altura, sin red, con una pierna que empieza a picar y la otra a temblar por el peso de las circunstancias.

Frente a frente con un gran desafío.

De cara a la desagradable sensación de que nos pueden meter un golazo. Que podemos perder un partido, un clásico, el honor.

La humillación como una posibilidad inmediata, que requiere de una acción heroica, espectacular, sobrehumana e impostergable.

Es ahora o nunca. Y la cosa está fea.

En esos casos, hay quienes recurren a lo que algunos llaman el “fuero íntimo”, la energía sagrada, el orgullo que está guardado en algún lugar del cuerpo. Se la juegan toda con amor propio.

Algunos buscan ayuda metafísica en el creador, en la energía cósmica, en los duendes, lo que sea... el apoyo viene de afuera, no de adentro.

Otros actuarán con frialdad, como si fuera una situación normal y habitual. Que pase lo que tenga que pasar. Rápido. Después vemos.

Varios no tendrán problema, ya que pensarán a quién echarles la culpa por lo sucedido si les va mal. Ya el asunto no es personal, un escudo protector les saca el problema para que sea de otro.

El miedo puede paralizar a varios, que con cara de “me quiero ir con mi mamá” tendrán una necesidad urgente e imperiosa de que el desafío termine para ir corriendo, con ganas de llorar, a que los proteja la única persona que puede entenderlos y perdonarles todo.

¿Y vos, de qué lado estás? ¿Y Usted, cómo es en estos casos?

25 de julio de 2010

Dejar el pasado en el pasado

El pasado tiene presencia, vigencia, influencia y relevancia diferentes para distintas personas.

Algunas se aferran al pasado para no perder la gloria, para no tomar riesgos.

Otras se abrazan al rencor y se congelan en malos recuerdos en lugar de apreciar o buscar el progreso.

Algunas lo rememoran para encontrar las piedras con las que tropezaron y evitar cometer los mismos errores. Aprender de lo sucedido para ser mejores.

Otras revisan la historia para encontrar en ella todo tipo de explicaciones sobre lo que acontece hoy, tanto lo bueno como lo malo. Para estas, las causas, las culpas y las responsabilidades están siempre atrás.

Definitivamente puede haber muchas más actitudes hacia el pasado, que puede también haber tratado de muchas maneras al que lea este texto.

La que más me preocupa es la que tira un ancla negativa en el ayer.

Hay que archivar las broncas y la nostalgia del tiempo pasado y darle lugar a la idea de recomenzar que dicta el refrán "a lo pasado, pisado".

Recordar lo necesario para entender y mejorar, pero lo mínimo indispensable, solamente, para dejar el pasado en el pasado

Para que la mirada esté puesta adelante y no en el espejo retrovisor.

Para dejar atrás esas energías oscuras del ayer, vivir el presente en positivo y lograr un futuro mejor.

19 de mayo de 2010

Objetivos y energía

Por un lado, están los que planifican todo el tiempo.


Se fijan objetivos, piensan cómo harán cada cosa.

Con frialdad, definen cada paso a seguir.

Por otro lado, los que van por el mundo flotando entre los sucesos.

Que los lleve el viento a dónde quiera. Que la energía cósmica los direccione.

Con frescura, dan el paso que la intuición, o simplemente el mismo camino, le marcan.

Los dos extremos.

El primero, con todo lo necesario para acertar y sentirse que el mundo es suyo. O para fallar en el logro del objetivo y optar entre lamentarse o empezar de nuevo.

El segundo, con la posibilidad de sentir que el mundo le deja ser lo que es y que si no es de otra forma es porque no debería ser. Aceptar lo que logre, porque todo lo que pase estará bien.

Entre ambas formas de pensar, miles de grises y un abismo inconmensurable.

La razón, la obsesión, el estrés, la pasión, la sabiduría, la tranquilidad y la paciencia. Todas mezcladas y esparcidas en los dos polos de las actitudes hacia vida.

Sentirnos los dueños de nuestro propio destino. O conscientes de que el destino no existe y que solamente sucede que todo se acomoda como es debido.

Linda tarea la que tenemos de definir de qué lado queremos estar.

Y de pensar si debemos permanecer en ese extremo en todos los órdenes de la vida.

Por las dudas, debemos evitar la decisión fácil y pragmática de "diversificar el riesgo" y guiarnos un poquito por cada polo.

Mejor definirse y meter todas las fichas en un solo lado. Tomar la decisión y apostar todo por la idea o la razón que guíe nuestras actitudes, conductas y comportamientos.

Así nos enseña Hollywood... al fin y al cabo en las películas el personaje que generalmente atrae más al espectador es el que se juega por sus ideales, que no escatima esfuerzos para ser quien quiere ser, y el que está dispuesto a perderlo todo por un sueño.

Una pena que en la vida no podamos hacer como en los DVD... aquello de poner diferentes finales para la película, ni podamos guardar o borrar las escenas que no nos gusten.

Entonces, la consigna es clara: no debemos caer en la indefinición, en el valle de lo gris, y definirnos de qué lado estamos.

10 de abril de 2010

Ser y parecer

Nos puede tomar toda la vida darnos cuenta quienes somos o queremos ser.

En el proceso de despertar o acercarnos al ideal, a veces parecemos -deliberadamente, o por error u omisión- lo que somos parcialmente, o lo que otros esperan que seamos y en realidad no somos.

En este camino confuso pueden pasar situaciones muy curiosas.

Lo auténtico puede resultarle a otros solamente una apariencia.

O el personaje puede volverse tan fuerte que eclipsa la identidad del actor.

La identidad y la imagen se mezclan, entonces el fondo y la forma se vuelven difíciles de diferenciar.

Si pasa esto último debemos ver donde está el marco del cuadro. Apreciar el contexto para reforzar o recuperar la capacidad de darnos cuenta si estamos en la tela pintada o la estamos observando.

Con suerte, decisión y firmeza, podemos lograr el privilegio de la victoria del ser sobre el parecer, y aseguramos de tener el pincel en la mano y decidir qué color, forma y estilo tiene y tendrá nuestra propia vida.

24 de marzo de 2010

El imperio de lo urgente

Con más frecuencia de lo deseable o aconsejable, en el imperio de lo urgente perdemos el tiempo necesario para dedicarnos a lo importante.

En la lucha contra las vanidades, propias y ajenas, y en la búsqueda de la salida del laberinto de cuestiones coyunturales vacías, se diluye habitualmente la energía que deberíamos asignar a lograr nuestras verdaderas prioridades.

Muy seguido pasan los días en los que vamos a máxima velocidad, sin un agente de tránsito que nos detenga para multarnos por no bajar el ritmo.

Y, además, nos olvidamos que es mejor andar livianos. Entonces, cometemos el error de tender a llevar una carga mayor a que la que deberíamos.

Por eso, de vez en cuando es fundamental poner el freno.

Pisar la pelota.

Detener el juego.

Llámenle cómo quieran... el concepto es detenerse. Mirarse al espejo. Considerar si el reflejo que nos devuelve es el de la persona que quisimos ser. Que queremos ser.

Creo que a todos nos llega el momento de preguntarnos qué pasó con aquel idealista de décadas atrás. Con nuestros sueños. Con nuestros preceptos. Con nuestros proyectos.

¿En qué nos hemos convertido?, suele ser la pregunta.

Es el momento, entonces, de volver a la página en blanco.

Fijar las nuevas prioridades.

Para que lo importante termine de una vez por todas con el imperio de lo urgente.

16 de febrero de 2010

Los aviones y la vida misma

La vida es, en cierta forma, como un viaje en avión.

El recorrido puede ser variado, pero sabemos que tarde o temprano, bien o mal, termina.

A veces nos tratan como si viajáramos en ejecutiva, en ocasiones estamos apretados como en turista. Incluso, también nos puede tocar el rol de trabajar para quienes están viajando.

Hay momentos de turbulencia. Podemos también andar con calma parte del trayecto.

A veces nos sentimos que vamos en ascenso. Pero también solemos experimentar la descompresión del descenso. Ambos pueden ser bruscos o suaves.

En algunos momentos podemos sentir que nos vamos en picada. Esos segundos son, en nuestra mente y cuerpo, eternos... Sólo nos queda esperar que entre el piloto, la máquina, lo sobrenatural y la suerte logren recuperar el rumbo.

El viaje siempre parece más largo y difícil de lo que es, sobre todo al inicio... Y cuando está por llegar al final nos damos cuenta de su brevedad. Cualquiera que haya hablado alguna vez con alguien consciente de estar cerca de la despedida ha experimentado, de primera mano, esta verdad.

Generalmente no vamos solos, sino acompañados. Si tenemos suerte, compartimos el viaje y la vida con quienes queremos hacerlo. Pero también debemos aceptar los momentos en que nos corresponden otras compañías, desconocidas o no preferidas.

Podemos ir en un avión en el que no nos falte alimento... O viajar (y vivir) con lo justo.

Entre todas las dudas que son parte de mi patrimonio, me queda la del equipaje.

Los egipcios dejaban en la antigüedad víveres para que las momias se los llevaran del otro lado. Nosotros, ¿debemos tener alguna "valija" para nuestro viaje?

Comentario final: Juego de Palabras les agradece que hayan elegido viajar con nosotros en este blog el día de hoy. Sabemos que hay muchas opciones y valoramos su elección. Es una pena que no paguen por leer pero no importa, entre el capitalismo y Murdoch le encontarán la vuelta al asunto. Y quizá, paradójicamente, nos podamos subir al tren de los que cobran por contenidos. Volviendo al tema, esperamos verlos pronto de nuevo con nosotros.

8 de febrero de 2010

Extremos

Hay que decirle no al calentamiento global, para evitar calentarse por todo.

Pero hay que evitar el enfriamento total… porque solamente con calor hay vida y, claro, espíritu para salir adelante.

Debemos reciclarnos permanentemente, para no terminar en la basura.

Pero, a veces, antes que reciclar hay que reusar. Y, también, evitar usar lo que no es necesario.

Hay que recordar que todo gira como en la vuelta al mundo, mientras el mundo da vueltas y algunos quedan patas para arriba.

Algunas veces antes de actuar es mejor dar una vuelta para ver qué pasa. Otras veces, es preferible esperar mientras otros son los que se marean.

La moderación en general está bien, pero los que ganan o pierden son los que se juegan por algo, o por alguien.

A los grises que siempre se quedan en veremos, al final, no los ve ni recuerda casi nadie.

Entonces, si bien en términos generales la guía es evitar los extremos, en particular la recomendación es que, alguna vez, en el momento propicio, juguemos las fichas que nos quedan.

Es muy probable que allá, del otro lado, no las reciban.

29 de diciembre de 2009

El momento justo

Mientras algunos creen que su mejor momento ya pasó, otros lo esperan eternamente.

Quienes son los campeones del "algún día lo haré" no saben que ese día no llega nunca; por el contrario, uno mismo debe salir a buscarlo.

Hay personas que vuelven reiteradamente a lamentarse por lo que hicieron o dejaron de hacer (o lo que le hicieron, o lo que creen que le hicieron) en algún momento que fue presente y hoy es pasado, a veces bastante lejano.

Arruinar un momento presente, propio o ajeno, por algo inmodificable que quedó atrás impide pensar hacia adelante. Estanca. Nos detiene sin sentido en el ayer.

Para esa gente este es el momento justo de cambiar y empezar a construir el futuro.

La vida es demasiado corta para congelarse en el pasado.

Justo ahora lo escribo, en este momento que se esfuma y que solamente será un recuerdo fugaz, que se esconderá bajo miles más, y quizá algún día sea un ratito de presente para alguien, frente a una pantalla, o para mi, cuando algún día participe en el peligroso juego de ver como pensaba cuando todavía no era del todo lo que ahora soy.

Quizá ese día yo mismo me arrepienta de lo que hice en el pasado, y este texto me ayude a salir de la trampa del recuerdo inmovilizador.

20 de diciembre de 2009

Idas y vueltas

Para volver es necesario, primero, haber partido.

Con el regreso podemos confirmar lo que quedó en el lugar de origen, cómo cambiaron ciertas cosas (y personas) y de que manera muchas otras se fueron, con nosotros o después (si es que alguna vez estuvieron).

Generalmente la distancia en el tiempo y el espacio afecta nuestros recuerdos; la memoria destaca las virtudes de los orígenes, salvo en el caso de quienes deben renegar de ellos para validar sus decisiones. Estos últimos son quienes exaltan el registro de lo negativo para convencerse a si mismos que hicieron bien en partir.

Estar de vuelta implica, entonces, refrescar la mente y actualizar nuestras impresiones y sentimientos.

El asunto se complica cuando uno va y vuelve muchas veces y a varios lados, ya que puede llegar a un punto en el que ya no está muy claro si estamos yendo o volviendo.

En medio de la confusión, el redescubrir de dónde somos puede darnos el beneficio del renacimiento.

Lo más probable es que el paladar perciba lo agridulce del entorno.

Lo dulce es que podemos nuevamente ser y sentirnos parte del lugar donde nacimos y la gente con quien crecimos.

Lo agrio: saber que el partir comenzó y se reiniciará con la renuncia -temporal o definitiva- a quedarnos.

En ese proceso de renacimiento podremos iniciar una nueva interpretación del gesto más famoso de ese período de la historia, el de la Gioconda... y especular que ella (o él) quizá no sabía en el balance de un regreso si debía sonreir o no con lo que se encontró al momento de llegar a "su" mundo. Y apretó los labios mientras pensaba si estaba de ida o de vuelta...

16 de diciembre de 2009

Por esto o por lo otro

Llorar por una película.

Reir por un gesto o comentario de un niño.

Pensar por una frase cruel.

Hablar por hablar.

Pasar por las dudas y volver con alguna certeza.

Recordar por una foto.

Filmar por ansias de capturar un minutito de vida.

Extrañar por la falta de su abrazo en la ciudad que no es lo mismo con su ausencia.

Mirar por el espejo retrovisor de la vida mientras vamos por la autopista.

Volar por necesidad de ir y volver lo más rápido posible.

Recorrer por enésima vez los caminos que conocemos de memoria.

Aceptar por fin que hay errores que seguiremos cometiendo.

Conseguir un cambio por perseverancia.

Pensar por qué y para qué, una vez más.

Llamar por las dudas nos necesite.

Recordar por dónde andaban nuestras ilusiones.

Luchar por un ideal.

Claudicar por pragmatismo.

Recuperar la ilusión por su misma energía.

Multiplicar por mil la esperanza.

Dividir por cero la bronca y la impotencia.

Empezar por algo, de a poco.

Olvidar por qué el destino cambió de dirección.

Buscar por todos lados la respuesta que nos falta.

Seguir adelante por los que hacen que seamos quienes somos.

Andar por las nubes para encontrar las raíces.

Escuchar por respeto a la voz de la experiencia.

Entender por qué si, por qué no, o por qué quizá.

Descubrir por dónde le entra el agua al coco.

Callar por prudencia.

Sonreir por complicidad.

Divertirse por estar con los amigos.

Reconfirmar por qué somos así.

Andar con calma por la vida, por estilo y preferencia.

Decir lo que uno piensa, con cautela, por saber que es la forma de respetarse a uno mismo.

2 de diciembre de 2009

Declaraciones

No te propases, dijo el límite.

Hay que aceptar las cosas como son, dijo la rebeldía.

Mejor no darle muchas vueltas al asunto, dijo el compás.

Hay que disfrutar el momento, dijo el segundero.

Confieso que me gusta ser protagonista, dijo la rueda de auxilio.

Yo te lo cuido, dijo el dormilón.

Doy para mucho más, dijo la resta.

Hay que guiarse por los sentimientos, dijo la computadora.

Yo me adapto bien al cambio, dijo el cuadro.

En la vida hay que andar sin vueltas, dijo el planeta tierra.

Hoy me agarraste seca, dijo la luna.

Lo mejor es ser transparentes, dijo el abogado.

Nuestro principal recurso es el talento humano, dijo el gerente de personal.

La innovación es la que nos llevará adelante, dijo el taquígrafo.

Te lo tengo listo en una semana, dijo el programador.

Elegí un poquito de cada opción, dijo el publicista.

A veces me falta chispa, dijo el fósforo.

Hagamos lo que creas más conveniente, dijo el cliente.

Hoy tenemos excelentes noticias, dijo el editorial del diario.

Se me hace agua la boca, dijo el pescado.

Hay que meterle gas al asunto, dijo el electricista.

En ese tema no me especializo, dijo el consultor.

Mejor no andar haciendo exámenes, dijo el médico.

Hay que dejarse guiar por el corazón, dijo el físico.

Mejor veamos lo que es posible, dijo el idealista.

Así está bien, dijo el perfeccionista.

Esta es mi noche, dijo el sol.

No tenés nada, está todo bien, dijo el dentista.

Lo voy a pensar con la cabeza, dijo la almohada.

Estoy seguro, dijo el meteorólogo.

Te cubre todo, dijo el corredor de seguros.

Yo no me aguanto todo, dijeron el papel, el blog, el blogger, el blogspot, el Twitter, el Facebook, el Google y todos los bits que forman lo que algunos llaman la sombra digital, que nos tragan a todos, a estas palabras y al poco de sentido común o especial que queda bien escondido en algún lado bien camuflado.

20 de noviembre de 2009

Tiempos

Algunos andan apurados y quieren adelantar el futuro. Que el mañana sea hoy, llegar cuanto antes allí, aunque no sepan bien de que se trata.

En los niños se puede entender. Todavía no saben que el tiempo pasado se pierde y no se recupera jamás. En los adultos es una necedad, una imprudencia o, al menos, una impaciencia imperdonable.

Otros andan siempre en el pasado. Reviven la historia, las anécdotas, los laureles conseguidos. Piensan en lo que pudo ser y no fue, cómo habría afectado lo que hoy es y podría haber sido de otra forma. El penal mal pateado. La elección o prioridad equivocada. La palabra callada, o la que sobró.

En los niños no se da con frecuencia, salvo que se trate de promesas no honradas de los padres. En los adultos, en cambio, la nostalgia, el rencor y otros sentimientos agridulces se empecinan y confabulan para traer el ayer al hoy. Una y otra vez.

Los más sabios saben que el presente es la única realidad absoluta. No traiciona con promesas para el futuro ni recuerdos del pasado.

La única garantía de felicidad está en el momento actual. La energía existente probablemente no esté mañana, o quizas en minutos.

Todavía a la vida no le han encontrado el manual o el control remoto. Entonces, hay que olvidarse del "rewind" y del "fast forward".

La única opción es disfrutar el momento del "play", aprovechar totalmente el recorrido, sabiendo que si bien no podemos alterar los tiempos, indefectiblemente el "stop" llegará en algún momento en el que el futuro sea presente, y juntos desaparezcan para siempre.

10 de noviembre de 2009

Uno de fútbol: gol de media cancha

A la mayoría de los poquísimos lectores que siguen Juego de Palabras no les interesa en lo más mínimo el fútbol.

Es más, creo que ni juntando a todos los que alguna vez leyeron este blog llegamos a hacer un partido de fútbol 5. Con suerte nos alcanza para un metegol.

Como intento no defraudar a la gente, y además falta tan poco para el mundial, ha llegado la hora de que los comentarios o relatos sobre fútbol tengan su propio espacio.

No los voy a distraer, pero cuando haya algo nuevo les voy a avisar.

Entonces, lean si quieren algo sobre la redonda en el texto que se llama "Gol de media cancha", que pueden encontrar en este link: http://jugardediez.blogspot.com/2009/11/gol-de-media-cancha.html

Avivados

Muchos lo dicen, porque lo saben muy bien: en la vida todo va y todo vuelve.

Los que andan tirando mala onda por ahí se olvidan que en realidad cada vez que hacen algo en detrimento de otros están lanzando un boomerang.

A veces vuelve más rápido, otras más lentamente, pero siempre en algún momento vuelve. Y al desatento que lo envió, si se distrae, le da por la cabeza.

Buscar atajos permanentemente es como jugar con las banditas elásticas que sirven para sujetar papeles. De tanto jugar de pronto sale al revés y te da en el ojo.

El que anda siempre bien, por la buena senda, buscando lo mejor para todos o al menos sin perjudicar a nadie, quizá se “pierda” algunas ventajas coyunturales o ganancias oportunistas, pero en el largo plazo siempre gana.

Parece mentira o increíble. Todo lo anterior es parte de la sabiduría popular. Así y todo, hay muchos que lo ignoran, o se hacen los distraídos.

Ojalá que se den cuenta, y se aviven que ser avivados no es la mejor forma de andar por la vida.

3 de noviembre de 2009

Cenizas (distinto, pero más de lo mismo)

Son el rastro inequívoco del fuego que alguna vez ardió.

El pasado de un recuerdo que incuba nostalgia.

El futuro de las brasas que asarán el alimento más popular del Río de la Plata.

El destino elegido de un amigo, que decidió confundirse con ellas en el mismo río, convertido ahora en cuna de plata.

Son, también, la condición para que el ave Fénix reaparezca con todo su esplendor.

Todo vuelve a suceder, una y otra vez.

En miles de lugares distintos.

En civilizaciones diferentes.

En momentos históricos separados por períodos eternos para el individuo pero efímeros para el universo.

Las cenizas saben que son el mañana de una llama y el pasado del renacimiento.

Desafían a la lluvia.

Se hermanan con el viento.

Son una breve ausencia de vida.

Pero le hacen caso al poema y no se dan por vencidas ni aún vencidas.

Marcan el inicio de la presencia repetida del ave que vuelve a tomar forma.

Hace mil años.

Hoy.

En millones de años.

Una y otra vez dicen aquí estoy.

Aquí hubo algo.

Y volverá a resurgir.