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17 de enero de 2012

Volver: los extremos y las cenizas del diskette

El mundo digital requiere velocidad y un comportamiento casi instantáneo. O no. Ayer se cumplió un año desde mi último texto para Juego de Palabras. Hoy deja es lugar, con este otro texto, escrito en Noviembre y publicado hoy, casi dos meses después.


Es una forma de volver.


Aquí lo que escribí allí, atrás en el tiempo y en la distancia.


La intención de título era, y sigue siendo: “Los extremos y las cenizas del diskette”.
Cuando uno combina melancolía, reencuentro y calles de Buenos Aires llega a un punto en el que la confusión es válida. La sorpresa, la admiración, la silenciosa observación, el sentido de pertenencia.


Podrán decir algunos que esa mezcla se logra en cualquier lugar a donde uno llega, para volver a transitar, años después, las calles que le dejaron alguna huella en el alma.


Pero como suele decirse, la reina del Plata tiene ese nosequé que la hace diferente, y que transforma a los que viven o vivieron en ella... El surrealismo cotidiano, que en los locales es costumbre, pero que asombra al que es y no es de acá.


En 48 horas pude ver, o mejor dicho volver a constatar, la identidad única e inconfundible de esta ciudad, que es sin duda una de las grandes ciudades del mundo. Cuando diez años atrás me lo dijo un gran amigo que hoy llora a San Lorenzo desde el cielo pensé que su exageración era enorme como el cruce de la 9 de Julio o la tristeza por un campeonato albiceleste cada vez más lejano.


Pero están acá y son ciertas: la identidad única y la persistente presencia de sus palabras.


Lo porteño, con su gente y sus contradicciones.


Como un diskette “de tres y medio” tirado en el piso frente a una de las torres más emblemáticas del Bajo, donde casualmente se aloja una de las empresas que es sinónimo de alta tecnología en el mundo.


El diskette (debo pensar si poner un link para quienes nunca vieron uno ni saben que existió, por las dudas, pueden ver la foto o googlearlo) está justo ahí, tirado, esquivado, ignorado. Ilustra el pasado y el presente congelado en una foto de un país que parece que pasa más tiempo mirando y protestando por el pasado que construyendo el futuro. Cuando lo vi por primera vez lo comenté con dos amigos y regresé al día siguiente para sacarle la foto. Pisoteado por una muchedumbre que lo ignora, lo volví a encontrar. Y lo dejé ahí para no cambiar el equilibrio de su propio ecosistema.
Ahí debe estar todavía, en su privilegiado hogar en Paseo Colón, desapercibido como una de las marchas de protesta que crucé, a puro bombo y platillo, que deambulaba por calle Florida casi inadvertida.


Esta es una ciudad donde una marcha pasa por una calle y se escurre entre los transeúntes como si fuera una garúa más breve que un tango, uno de esos que son bien cortos. El único que esquivó la marcha fue un perro, que se metió en una librería a esconderse del ruido. Los vendedores se reían, del perro (y el chiste fácil pero efectista de uno de ellos... “miren, otro vendedor perro que viene a laburar acá”), de la marcha protestona que avanzaba rumbo al Ministerio de Trabajo, y de mi, que me reía de ver cómo se reían y de lo ridículo de la situación.


Tierra de vivos y ventajistas, de insultadores de un Messi que está en prácticamente cada vidriera, adoradores del Diego que desde el Medio Oriente tiene más prensa que la Presidenta, de gente que vive en la mayor concentración del mundo combinada de psicoanalistas, cafeterías, alfajores, sandwiches de miga y camisetas de fútbol de todos los equipos importantes del planeta.


En Buenos Aires se puede comprar hasta la versión de la camiseta Argentina campeona en el prehistórico mundial del 86, en versiones original y trucha (falsa, para los que no conocen la jerga). Quizá se haya inventado hasta una semi-trucha. Y en el mismo lugar compiten por la billetera las pilchas con la foto del Che, Gardel, Homero Simpson o cualquier ícono del mundo global.


Calles de gente que anda apurada en los últimos metros del destino pero se puede sentar a “perder” (o casi con seguridad “ganar”) tiempo en un café. Lugar de gritones que manejan el multitasking a la perfección porque están acostumbrados a escuchar la conversación propia y ajena, entre el rugido de los motores de los Mercedes Benz que se empecinan en largar el humo más negro, espeso y anti-ecológico que se pueda imaginar. Locos lindos que arreglan el mundo en un ratito de charla en una mesa, o explican el por qué es imposible arreglarlo. En ambos casos, tienen razón, mejor no discutirles.


Ciudad de gente que está hiperconectada con uifí (wi-fi). “Es una ciudad de extremos”, me dijo Eduardo, remisero que me llevó a Ezeiza y me explicó que su auto tiene uai-fai (lo pronunció en inglés), quien con precisión sociológica me describió que es normal que una manifestación no llame la atención porque los porteños tienen y conviven permanentemente con los extremos.


Eduardo me comentó, también, que dejó su trabajo de empresario en el mundo discográfico para manejar su auto, porque es menos estresante. Atentos todos aquellos que protestan del vértigo de la vida: apunten esto... si creen que tienen estrés manejen un par de horas un auto en Buenos Aires y después hablamos... Y para los mercadólogos y marketineros de las grandes empresas, sigan de ejemplo a Eduardo: en una ciudad, en un país y un mundo en el que muchas compañías no le prestan atención a sus clientes, un remisero tiene wi-fi para darle un servicio único a pasajeros que, según el mismo confirmó, probablemente no vayan a andar nunca más en su auto.


La gente hace a la ciudad y es la sangre de sus venas, circulando a borbotones entre adoquines de principios de siglo pasado y modernidad tecnológica, arquitectónica y de pensamiento. Pero también acepta, cómo no, lo retro como una moda. Buenos Aires, Argentina, donde en una dependencia pública o semi-pública los que trabajan, entre trámites, chatean por Facebook y ven videitos de Youtube de Sumo, una banda que desapareció hace décadas tras la muerte por cirrosis de su líder Luca Prodan.


En una paradoja de dos pisos, los videitos retro, además, satirizan a los gobernantes que están a cargo de la entidad donde están los empleados que se ríen de ellos mientras trabajan; chatean y se vuelven a reír, incluso de y con los que se ríen de ellos, como yo, con una mezcla de complicidad y admiración (de mi hacia ellos.... del otro lado probablemente sea lástima con un “señor”). Los felicito por Sumo, por lo retro mezclado con medios sociales. Por reírse de ellos y hasta de los que les dan trabajo.


Ya terminó el yira yira y mientras escribo esto voy terminando de saborear el coctel notable de melancolía y reencuentro, previos a la partida demorada de regreso a mi vida, tras las cenizas del volcán que se mezclaron en el aire, en la mente y en el corazón, y me dejaron varado un día en uno de los mejores lugares que hay en el mundo para tener un día de más, con tiempo para pensar en los extremos y en lo curioso de sentirse en casa a miles de kilómetros de distancia.

16 de noviembre de 2010

Expectativas y logros

En el imperio de la avaricia, lo bueno, bonito y barato es ponderado como lo ideal.

En el reino de la abundancia los excesos hierven hasta derramarse.

En el andén del conformismo y la complacencia, quizá nos podamos sentir bien con lo bueno, aunque sea feito y carito.

Y, en algunos casos, hasta lo que es regular -incluso en el borde de lo malo- puede servirnos para lograr lo que esperamos o necesitamos.

El eterno debate entro lo ideal y lo posible tiene múltiples matices según la actitud y la forma de ser de cada persona.

Creo que hay algo claro en la discusión: si en la búsqueda de lo óptimo nos negamos a reconocer los avances obtenidos, perderemos la capacidad de alegrarnos por lo que es posible conseguir.

Si podemos bajar al menos levemente la expectativa de lo que consideramos ideal, la exigencia será más liviana, y la felicidad más frecuente.

Entonces, una fórmula a considerar es buscar siempre lo mejor, pero sin enloquecerse con objetivos inalcanzables, mantener la capacidad de apreciar los logros y, también, valorar el recorrido, más allá de los obstáculos o tropiezos en el camino.

En esa búsqueda, unos minutos pueden ser una vida; un abrazo, la convivencia; unas palabras, El Quijote de la Mancha; unos últimos instantes, un recuerdo para siempre; un estribillo, la canción más maravillosa; unas gotitas de agua o de vino, la diferencia entre el vaso medio vacío y el corazón medio lleno.

Nos vemos en el prôximo instante. En un reencuentro. Con expectativas bajas, para superarlas nuevamente.

5 de octubre de 2010

Cuestión de tiempo

El tiempo pasa y nos empecinamos en perderlo.

Cuando lo busquemos ya se habrá ido. Quizás nosotros también.

A veces queremos acelerarlo. Luego crecemos y deseamos que se vuelva más lento.

Las alegrías son fugaces. Las amarguras persistentes, los regresos mucho más rápidos que los caminos de ida.

Objetivamente el tiempo es siempre igual e inobjetable.

En lo subjetivo, el velocímetro se ajusta con los sentimientos y sensaciones: la felicidad acelera. De lo otro mejor no hablar ni escribir.

Los novelistas y poetas insisten en que el tiempo se detiene. Pero bueno, tienen licencia para soñar. El resto del mundo tiene que laburar y, veinte años más tarde, comprobar que el tango tenía razón sobre las dos décadas y la nada.

Mientras, muchos esperamos "algún día" para hacer algo que postergamos con frecuencia.

Lo archivamos para el futuro, que no existe nada más que en nuestra mente e ilusiones.

El pasado fue pisado y es reescrito por la memoria, caprichosa en recordar las situaciones como quiere. Hasta que ya no encuentra nada.

El presente es lo único que tenemos. Y a cada rato se va.

Entonces, hay que apurarse y tomar las decisiones importantes.

Fijar las prioridades.

Aplicar la eficiencia para hacer las cosas que no nos gustan o no nos convencen demasiado.

Y, así, dejarnos la libertad de “perder el tiempo” en lo que realmente nos hace felices, con quienes queremos compartir la vida, o tratando de encontrar eso que nos hace sentir bien.

29 de agosto de 2010

La gente y sus líos

Hay quienes siempre andan en líos.

Los arman.

Los buscan.

Los reciben.

Los heredan.

Los comparten.

Los esquivan.

Los enfrentan.

Los transfieren.

Los agrandan.

Los esconden.

Los niegan.

Los minimizan.

Los sufren.

Los analizan.

Los ignoran.

Los transforman.

Los disfrutan.

Y algunos pocos, los resuelven, los encausan o los reducen.

Empecemos a pensar qué haremos con el próximo, antes que se venga encima.

19 de mayo de 2010

Objetivos y energía

Por un lado, están los que planifican todo el tiempo.


Se fijan objetivos, piensan cómo harán cada cosa.

Con frialdad, definen cada paso a seguir.

Por otro lado, los que van por el mundo flotando entre los sucesos.

Que los lleve el viento a dónde quiera. Que la energía cósmica los direccione.

Con frescura, dan el paso que la intuición, o simplemente el mismo camino, le marcan.

Los dos extremos.

El primero, con todo lo necesario para acertar y sentirse que el mundo es suyo. O para fallar en el logro del objetivo y optar entre lamentarse o empezar de nuevo.

El segundo, con la posibilidad de sentir que el mundo le deja ser lo que es y que si no es de otra forma es porque no debería ser. Aceptar lo que logre, porque todo lo que pase estará bien.

Entre ambas formas de pensar, miles de grises y un abismo inconmensurable.

La razón, la obsesión, el estrés, la pasión, la sabiduría, la tranquilidad y la paciencia. Todas mezcladas y esparcidas en los dos polos de las actitudes hacia vida.

Sentirnos los dueños de nuestro propio destino. O conscientes de que el destino no existe y que solamente sucede que todo se acomoda como es debido.

Linda tarea la que tenemos de definir de qué lado queremos estar.

Y de pensar si debemos permanecer en ese extremo en todos los órdenes de la vida.

Por las dudas, debemos evitar la decisión fácil y pragmática de "diversificar el riesgo" y guiarnos un poquito por cada polo.

Mejor definirse y meter todas las fichas en un solo lado. Tomar la decisión y apostar todo por la idea o la razón que guíe nuestras actitudes, conductas y comportamientos.

Así nos enseña Hollywood... al fin y al cabo en las películas el personaje que generalmente atrae más al espectador es el que se juega por sus ideales, que no escatima esfuerzos para ser quien quiere ser, y el que está dispuesto a perderlo todo por un sueño.

Una pena que en la vida no podamos hacer como en los DVD... aquello de poner diferentes finales para la película, ni podamos guardar o borrar las escenas que no nos gusten.

Entonces, la consigna es clara: no debemos caer en la indefinición, en el valle de lo gris, y definirnos de qué lado estamos.

24 de marzo de 2010

El imperio de lo urgente

Con más frecuencia de lo deseable o aconsejable, en el imperio de lo urgente perdemos el tiempo necesario para dedicarnos a lo importante.

En la lucha contra las vanidades, propias y ajenas, y en la búsqueda de la salida del laberinto de cuestiones coyunturales vacías, se diluye habitualmente la energía que deberíamos asignar a lograr nuestras verdaderas prioridades.

Muy seguido pasan los días en los que vamos a máxima velocidad, sin un agente de tránsito que nos detenga para multarnos por no bajar el ritmo.

Y, además, nos olvidamos que es mejor andar livianos. Entonces, cometemos el error de tender a llevar una carga mayor a que la que deberíamos.

Por eso, de vez en cuando es fundamental poner el freno.

Pisar la pelota.

Detener el juego.

Llámenle cómo quieran... el concepto es detenerse. Mirarse al espejo. Considerar si el reflejo que nos devuelve es el de la persona que quisimos ser. Que queremos ser.

Creo que a todos nos llega el momento de preguntarnos qué pasó con aquel idealista de décadas atrás. Con nuestros sueños. Con nuestros preceptos. Con nuestros proyectos.

¿En qué nos hemos convertido?, suele ser la pregunta.

Es el momento, entonces, de volver a la página en blanco.

Fijar las nuevas prioridades.

Para que lo importante termine de una vez por todas con el imperio de lo urgente.

20 de diciembre de 2009

Idas y vueltas

Para volver es necesario, primero, haber partido.

Con el regreso podemos confirmar lo que quedó en el lugar de origen, cómo cambiaron ciertas cosas (y personas) y de que manera muchas otras se fueron, con nosotros o después (si es que alguna vez estuvieron).

Generalmente la distancia en el tiempo y el espacio afecta nuestros recuerdos; la memoria destaca las virtudes de los orígenes, salvo en el caso de quienes deben renegar de ellos para validar sus decisiones. Estos últimos son quienes exaltan el registro de lo negativo para convencerse a si mismos que hicieron bien en partir.

Estar de vuelta implica, entonces, refrescar la mente y actualizar nuestras impresiones y sentimientos.

El asunto se complica cuando uno va y vuelve muchas veces y a varios lados, ya que puede llegar a un punto en el que ya no está muy claro si estamos yendo o volviendo.

En medio de la confusión, el redescubrir de dónde somos puede darnos el beneficio del renacimiento.

Lo más probable es que el paladar perciba lo agridulce del entorno.

Lo dulce es que podemos nuevamente ser y sentirnos parte del lugar donde nacimos y la gente con quien crecimos.

Lo agrio: saber que el partir comenzó y se reiniciará con la renuncia -temporal o definitiva- a quedarnos.

En ese proceso de renacimiento podremos iniciar una nueva interpretación del gesto más famoso de ese período de la historia, el de la Gioconda... y especular que ella (o él) quizá no sabía en el balance de un regreso si debía sonreir o no con lo que se encontró al momento de llegar a "su" mundo. Y apretó los labios mientras pensaba si estaba de ida o de vuelta...

2 de diciembre de 2009

Declaraciones

No te propases, dijo el límite.

Hay que aceptar las cosas como son, dijo la rebeldía.

Mejor no darle muchas vueltas al asunto, dijo el compás.

Hay que disfrutar el momento, dijo el segundero.

Confieso que me gusta ser protagonista, dijo la rueda de auxilio.

Yo te lo cuido, dijo el dormilón.

Doy para mucho más, dijo la resta.

Hay que guiarse por los sentimientos, dijo la computadora.

Yo me adapto bien al cambio, dijo el cuadro.

En la vida hay que andar sin vueltas, dijo el planeta tierra.

Hoy me agarraste seca, dijo la luna.

Lo mejor es ser transparentes, dijo el abogado.

Nuestro principal recurso es el talento humano, dijo el gerente de personal.

La innovación es la que nos llevará adelante, dijo el taquígrafo.

Te lo tengo listo en una semana, dijo el programador.

Elegí un poquito de cada opción, dijo el publicista.

A veces me falta chispa, dijo el fósforo.

Hagamos lo que creas más conveniente, dijo el cliente.

Hoy tenemos excelentes noticias, dijo el editorial del diario.

Se me hace agua la boca, dijo el pescado.

Hay que meterle gas al asunto, dijo el electricista.

En ese tema no me especializo, dijo el consultor.

Mejor no andar haciendo exámenes, dijo el médico.

Hay que dejarse guiar por el corazón, dijo el físico.

Mejor veamos lo que es posible, dijo el idealista.

Así está bien, dijo el perfeccionista.

Esta es mi noche, dijo el sol.

No tenés nada, está todo bien, dijo el dentista.

Lo voy a pensar con la cabeza, dijo la almohada.

Estoy seguro, dijo el meteorólogo.

Te cubre todo, dijo el corredor de seguros.

Yo no me aguanto todo, dijeron el papel, el blog, el blogger, el blogspot, el Twitter, el Facebook, el Google y todos los bits que forman lo que algunos llaman la sombra digital, que nos tragan a todos, a estas palabras y al poco de sentido común o especial que queda bien escondido en algún lado bien camuflado.

23 de octubre de 2009

El Talión de Aquiles se toma con calma

Es curioso que cuando la Ley del Talión se inventó, milenios atrás, buscaba lograr un equilibrio en la aplicación de la justicia. En esa época los revanchismos eran tan alevosos que frecuentemente la venganza era más cruenta que la ofensa inicial.

Hoy, en el 2009, desde otra perspectiva claro está, se percibe como un comportamiento troglodita.

Muchas cosas han cambiado con el paso del tiempo. Formas de ser, de hacer, de pensar. En la vida privada y en la cosa pública.

Sin embargo, la justicia sigue teniendo mucho trabajo por hacer. Porque todavía quedan los que hacen daño. Y los que reaccionan desmedidamente.

La historia se comió al dente la ley salvaje de la venganza. Ahora falta que se lleve la violencia y las broncas para completar su tarea de limpieza.

Es increíble, pero alguna gente aún anda por el mundo buscando oportunidades de aplicar la ley del ojo por ojo.

Enfundados en su resentimiento con la vida misma, tienen sed de revancha en todo momento.
Viven esperando alguna escaramuza para luego reclamar reciprocidad y azotar con su furia.

Los que quieren aplicar el diente por diente, se quedan con la sangre en el ojo si no encuentran cómo expresar su iracundia.

En el otro lado de la moneda están quienes pasan sus días de una manera más tranquila. Llevan la bandera blanca en todo momento, tratan de conciliar y arribar a una solución. Aplican lo de dar la otra mejilla si es que ligan algo, involuntariamente o sin querer queriendo.

Con su comportamiento logran a veces más que las leyes. Porque exasperan a los guerreros con su parsimonia. Al no entrar a la batalla, dejan al combatiente sin rival. Por lo tanto, al no agredir ni responder a las ofensas, son el talón de Aquiles de los belicosos.

19 de julio de 2009

Pérdidas

Es curioso, a los sujetos nos incomoda bastante perder un objeto.

Sin embargo, las pérdidas más difíciles, complicadas o dolorosas no son de objetos…

Podemos perder el norte, la brújula, el rumbo.

Solemos perder la paciencia.

Tenemos que sufrir la pérdida de partidos, y finales, muy importantes.

En algún momento perderemos a un amigo, un familiar, o al amor de toda la vida.

Perdemos a nuestros padres, tarde o temprano.

Y nos damos cuenta que quizá hemos perdido el tiempo.

Los afortunados, en algún momento perdemos la cabeza por el sentimiento más poderoso del mundo.

Solemos perder la compostura.

Muchos perdemos la línea (como cuestión de peso, o estilo).

Nos preocupa perder nuestra gran oportunidad, porque si no la vemos se nos va el tren del destino.

Podemos perder la perspectiva, y con los errores las pérdidas se multiplican.

A veces perdemos el foco, la concentración.

Y la peor pérdida de todas: la vida.

Debo buscar un final distinto, para evitar el dramatismo. No quiero perder lectores.

Por eso digo que, aunque eso último estuvo fuerte, es una verdad ineluctable.

Siempre me gustó esa palabra. Ineluctable. Algo contra lo que no se puede luchar.

La aprendí en 1989. Estudiando en el escritorio de mi viejo, con mi mejor amigo.

Me alegro de no haber perdido el registro de ese momento.

Por eso no pierdo la esperanza.

Trado de cuidarla y mantenerla, en todo momento.

Creo que se me puede perder cualquier cosa, menos la esperanza.

Porque el día que se evapore la esperanza, ya estaremos totalmente perdidos.

14 de julio de 2009

Tiempos

Algunos se pasan años preparándose para afrontar situaciones que duran solamente minutos.

Otros en un minuto toman una decisión que los impactará por años.

Algunos piensan durante mucho tiempo qué harán en el futuro lejano.

Otros sólo hacen lo que pueden y quieren ahora mismo, sin preocuparse por el futuro, que en realidad no existe.

Algunos tensan las cuerdas hasta que se cortan.

Otros no se deciden jamás a ponerse a prueba; van silbando bajito, haciéndose los distraídos.

Algunos esperan siempre el momento ideal.

Otros saben que no existe, y no postergan decisiones.

Algunos se preocupan por no perder el tiempo, tratando de hacer algo en todo momento.

Otros están convencidos de que el tiempo de ocio es la mejor inversión.

Algunos tratar de ganar tiempo.

Otros saben que, así, lo están perdiendo.

Algunos saben que no queda mucho tiempo.

Otros no se dan cuenta, creyéndose inmortales.

Mientras están los que quiere que el tiempo se detenga y no los condene, en la otra vereda hay quienes se dedican a verlo pasar.

Para algunos, el tiempo pasa rápidamente.

Para otros, transcurre lentamente.

Para todos, inexorablemente.

24 de junio de 2009

De vez en cuando

A veces para llegar bien lejos uno debe quedarse en un mismo lugar, leyendo, pensando o simplemente viendo pasar el mundo.

Otras veces, uno tiene que irse muy lejos para darse cuenta que prefiere quedarse en el punto de partida (asumo la responsabilidad… ya que con esta frase, a muchos de los muy pocos que me leen frecuentemente les atacará un poco la nostalgia).

A veces uno se pregunta por qué se fue y no volvió; otras veces se cuestiona por qué no se quedó en lugar de irse.

A veces pensamos por qué los otros no se fueron; o si lo hicieron.

Otras veces pensamos qué sería de nosotros si ellos hubieran hecho algo distinto.

Algunas veces nos da ganas de salir corriendo para que nuestra mamá nos abrace y tranquilice. Quienes ya no la tenemos debemos buscar en el cajón de los afectos más profundo de ese archivo traicionero que se llama memoria.

Otras veces, como diría un gran amigo, preferimos quedarnos quietos, como si estuviéramos frente a una cobra y un solo movimiento nos pudiera costar la vida.

Algunas veces nos preguntamos qué estamos buscando. Otras veces, sin cuestionarnos demasiado, seguimos adelante, con o sin búsqueda, con o sin brújula.

A veces un abismo separa a los vecinos; otras veces una conexión enorme une a los amigos a pesar de las distancias más largas e inimaginables.

A veces tenemos bien claro quiénes somos y qué queremos; otras veces, asumimos que la confusión es la que va ganando el partido.

A veces nos miramos al espejo y nos preguntamos en qué nos hemos convertido.

Otras veces, sin embargo, preferimos hacernos los distraídos. Al fin y al cabo, para qué hacernos tantas preguntas, y complicarnos la vida…

A veces logramos la sabiduría y nos damos el gusto de disfrutar de las pequeñas cosas, como si la vida misma fuera tan simple como una publicidad de galletitas.

Otras veces somos los campeones de la complejidad. En momentos así, algunos nos escapamos del asunto escribiendo algo como esto.

3 de junio de 2009

Buscando

Muchos buscan algo concreto y no lo encuentran nunca.

Otros buscan algo muy general y ambicioso, solamente encuentran de a poco, lo que no los conforma..

Algunos pasan sus vidas encontrando mucho, pero no se dan cuenta.

Están los que creen que encontraron lo que buscaron, pero no están del todo seguros y por las dudas siguen buscando.

Hay gente que de tanto buscar ya no encuentra nada.

Y todos conocemos a alguien que con lo que encuentra se conforma, aunque lo haya buscado o no.

Mientras algunos le buscan siempre la quinta pata al gato, otros cada dos por tres se cansan de buscar. El contrapeso de estos son los que encuentran una búsqueda.

Podemos pensar que todo está mal cuando dejamos de buscar. O cuando ya no encontramos más.

No sé a cuál de las variantes mencionadas anteriormente te acercás más. O a cuáles de los matices que las unen y diferencian.

Si no sabés, es hora que empieces a buscarte y entenderte. Y ojalá te guste lo que encuentres, o te animes a cambiarlo.

25 de mayo de 2009

Nueva Babel

En estos días he visto en varios territorios digitales –incluyendo blogs y redes virtuales- de amigos y conocidos que ocurre con frecuencia la mezcla que habitualmente se recomienda evitar en los asados y en las fiestas: distintos tipos y grupos de gente, todos en el mismo lugar.

A veces uno experimenta, pero los códigos no se comparten, y los resultados pueden ser peligrosos.

Generalmente los amigos o compañeros (claramente no es lo mismo) del barrio, de la escuela, del club, del trabajo y de distintos lugares de convivencia no compaginan correctamente. Ni que hablar si a la diferencia del espacio y el motivo de la relación se le suma la brecha contundente del tiempo.... Ya les ha pasado o les va a pasar. En algún punto se cruzan gente de épocas y situaciones diferentes en sus páginas.

Eso no está ni bien ni mal, al fin y al cabo una página en un sitio virtual no es un asado ni una fiesta. Alguien entra y si no le gusta o le interesa lo que ve, se va.

Todo el texto anterior en realidad es el contexto para lo que les quiero contar: hoy vi por primera vez alguien a quien se le ha convertido su página de Facebook en una verdadera Babel. Tres idiomas en la misma página, con gente que realmente no tiene absolutamente nada que ver entre sí. Esa desubicación digital me incluye a mi, claro está.

Todos conviven sin problemas aparentes.

Releo lo anterior y pienso en algunos comentarios que he hecho a amigos de sus blogs, y que me han hecho a mi: hay que escribir menos… los textos son muy largos.

Pero constato que me cuesta escupir conceptos e ideas sin tratar de darles alguna vuelta más o menos lógica.

Quizá el juego está en el contexto más que en el texto.

Por lo tanto, a falta de mejor explicación, creo que defino mi identidad digital por oposición: todavía no estoy listo para la generación Twitter. Ahí mi hallazgo hubiera sido expresado más o menos así: “Acabo de ver un sitio de Facebook que parece Babel. Hay comentarios y cadenas de diálogos en tres idiomas”.

En Córdoba diríamos: ¿y de ahí? (es decir, ¿y con eso qué?).

No estoy listo y quizá no lo esté nunca para el Twitter. Es muy breve. Se puede quedar en lo superficial. Es un exhibicionismo de más corto alcance, digamos, donde la frecuencia reemplaza al contenido. Y además, aumenta la “persecuta”. ¿Me siguen?

Por ahora me quedo con el contexto... y cuando no tenga más que decir o simplemente quiera que la gente me siga los pasos, largo con Twitter.

17 de mayo de 2009

El filtro de las creencias

Hay quienes dicen ser escépticos o incrédulos, pero hasta ellos creen en algo, y es en la propia definición de sí mismos.

Ellos también caen en la trampa de las creencias.

Como si fuera un colador, nuestra mente tamiza la realidad con el filtro de las creencias.

Cualquier situación externa puede ser percibida de múltiples formas. Cada persona, según el filtro que utilice, podrá argumentar que esa situación es de la manera que más le conviene para reafirmar sus creencias.

Si el tiro pegó en el palo será por culpa de la impericia o la mala suerte, según si uno es racionalista hipercrítico o cabulero, de esos que cruza los dedos para que un penal sea gol, o hace un cuernito para alejar el peligro en el área propia.

Cada uno ve la vida como sus creencias se lo permiten. Ve lo que puede, entiende lo que quiere entender, aunque no se de cuenta de cómo todo lo que percibe lo hace de manera distorsionada.

Esta influencia de las creencias en la forma de ver el mundo y cada situación en particular es lo que hace sumamente difícil que dos personas que tienen creencias muy diferentes se pongan de acuerdo en la lectura de la realidad.

Lo mismo que está ahí afuera es blanco para unos, negro para otros y gris para terceros.

Dicho de otra forma: es muy difícil que varios se pongan de acuerdo en interpretar lo que pasa si vienen desde mundos y creencias diferentes.

A esta confusión sobre lo que “está afuera” se suman los enredos internos que todos tenemos con nosotros mismos.

A veces ni sabemos en qué creemos. O pensamos en algo y estamos totalmente equivocados.

Hagan un repaso de ustedes mismos, amigos y conocidos, y podrán comprobar que muchas veces pasa que…

… los que se creen vivos son en realidad unos giles.
… los que creen que se las saben a todas en realidad no tienen idea de nada.
… los que piensan que tienen la única verdad, no se dan cuenta que las verdades son varias y depende del filtro con que se mire la vida para determinar cuál es “su verdad”.
… los que consideran que están confundidos es posible que sean los que la tienen más clara.
… los que creen que deben hablar más son los que deberían callarse.
…los que creen que el silencio es lo mejor son los que más podrían aportar abriendo la boca.

La lista de desajustes entre creencias propias y conveniencias puede ser larga y hasta interminable… al menos eso creo.

Entre tanta confusión, hay algunas alternativas para mejorar las condiciones para transitar el camino que nos queda por delante.

Primero, tratar de aclararnos a nosotros mismos en qué creemos.

Segundo, darnos cuenta de cómo leemos lo que nos pasa, en función de nuestras creencias.

Tercero, corregir lo que nos esté molestando, flexibilizando un poquito las creencias. Aflojar un poco los nudos de la mente, para que esté más libre.

Cuatro, recordar en todo momento que nadie tiene la verdad absoluta y que, por lo tanto, tenemos que aprender a escuchar a los otros, para entenderlos mejor y llevarnos mejor con ellos.

Si no podemos lograrlo es que tenemos que volver al segundo paso.

Creo que si completamos los cuatro pasos, estaremos ya limpiando el filtro de nuestra mente. Y quién les dice… quizá empecemos a ver lo que antes no podíamos ver porque nuestras creencias lo impedían. Comenzaremos a contemplar el resto de las realidades… como si en un cine nos expandieran la pantalla para ver partes de la película que antes no veíamos.

(Advertencia legal: el texto de este blog no implica una recomendación de acción. Las opiniones del autor de Juego de Palabras no están avaladas por la corporación Juego de Palabras. Aunque todavía no está establecida les anticipamos que la registraremos en un paraíso fiscal, al menos para demostrar que el paraíso existe, porque creemos en eso, pero estamos seguros que no es aquí, ni donde está el que esté leyendo este texto. Todos los derechos reservados. Y las obligaciones también. Salvo el derecho de autor, por eso no nos preocupamos, no creemos que nadie quiera copiar este texto. Las marcas no mencionadas no son propiedad de nadie, lo que significa que son de todos.)

10 de febrero de 2009

Imaginación

Desde Francia, tiempo atrás, se reclamó con fervor y con pinturas en las paredes que se debía llevar la imaginación al poder.

Caso curioso, décadas más tarde, todavía hay mucha gente que carece del poder de imaginar.

¿Se pueden imaginar eso?

Lo más probable es que los que leen este blog lo puedan entender, aunque no lo compartan.

Si todavía se aguantan estos escritos debe ser porque todavía tienen materia gris para distraer.

Deben tener capacidad de imaginación y pensar que sí se puede ser creativo, y que hay posibilidades de cambiar lo que está mal.

Que debemos convivir con lo que no está muy bien, pero no podemos cambiar.

Que podemos aprender a matizar lo que no debería ser así con lo que está bien.

Que es fundamental disfrutar lo bueno, aunque sea pequeño, efímero o sencillo.

Me imagino que pueden.

23 de noviembre de 2008

La globalización del ridículo

La comunicación moderna nos permite identificar, proyectar y compartir información a una velocidad impresionante. Pero cuando colgamos de la nada digital nuestros puntos de vista, fotos, comentarios u otros datos, también nos exponemos a quedar en ridículo ante todo el mundo.

Además de este comentario en este blog, que prueba la veracidad del párrafo anterior, podemos recurrir a la exploración de espacios digitales públicos restringidos, como las redes sociales, o de espacios totalmente abiertos, como foros de discusión, sitios web y blogs, para constatar que lo dicho es cierto.

Con mucha frecuencia las personas activas en el mundo digital cruzan la barrera de la lógica, para caer en la sobreexposición, el exhibicionismo y el ridículo.

Suelen olvidar el tremendo impacto y alcance de lo que uno dice y hace, que se multiplica con la facilidad de propagación de datos que los medios digitales entregan a cualquier bit puesto en la web.

Mi recomendación para los extremistas, jugados, arriesgados, excéntricos y chistosos que ponen información y comentarios en Internet es hacer el siguiente ejercicio: pensar que eso mismo que están diciendo está escrito en una hoja que se pegan en el pecho y en la espalda, e imaginar que salen a caminar por el centro.

Si luego de visualizar esa manera de exponer lo que dicen siguen pensando que vale la pena decirlo, entonces está bien, procedan. Caso contrario, borren el contenido, o envíenlo a sólo algunos conocidos por email.

Ahora me van a perdonar, pero debo irme a imprimir esto y ver cómo me queda.

Será, creo, una impresión eterna, o una potencial multiplicación hasta el infinito de una impresión del futuro. Porque si finalmente esto queda publicado en mi blog, quien alguna vez lo lea reactivará mi búsqueda de verificación en la impresora. La hará repetirse una vez más. Logrará convertir en un nuevo presente algo que lee sobre el futuro, pero que en realidad ya ha pasado.

Lo dicho: es fácil quedar en ridículo ante la aldea global. Ayer, hoy y mañana.

13 de agosto de 2008

Derechos retorcidos y ojos que no ven

En el mundo súper recontra (y hasta excesivamente) conectado de hoy, la información está al alcance del teclado y del control remoto desde casi cualquier rincón del planeta. Si hiciéramos un listado de notas y comentarios sobre este tema, la cantidad de links a incluir haría reventar este blog y quizá hasta la misma Internet.

En este mismo mundo, durante este mes, se disputan la serie de juegos deportivos que mayor atención concita globalmente. Miles de millones de espectadores atentos a lo que empezó en Grecia milenios atrás, pero con la pasión que solamente el marketing, los negocios, los medios y el chauvinismo pueden propulsar. En cierta forma me da vergüenza mencionar a los juegos, para no ser uno más que escribe sobre ellos.

Cuando todos quieren estar pegados a la pantalla, la ley del dinero se interpone y crea una red de derechos de transmisión que es tan compleja como la misma telaraña informática mundial. Entonces uno puede quedar enredado y sin salida, o técnicamente sin “entrada” a los juegos.

Esto me ha pasado hoy (desde mañana podría reemplazar el hoy por “algún día”), en una bella isla del Caribe, y seguramente le ha sucedido a miles de argentinos en cualquier lugar de la tierra que esté más allá de los límites de Argentina desde el que hayan querido ver a una de las pocas esperanzas doradas albicelestes: un grupo de tipos, algunos millonarios, tratando de tirar una pared, un pase largo, una esperanza que termine en el fondo de la red.

Cuando uno está afuera de su reducto nacional, ver a su país competir en los juegos de los anillos por TV es casi imposible. Y con tantos derechos retorcidos, ni siquiera puede hacerlo por Internet. O quizá si pueda hacerlo por la Web, si fuera el mejor hacker del mundo, en cuyo caso seguramente se habría agenciado los fondos necesarios para ir hasta Pekín, Beijing o como se llame la ciudad donde muchos querrían estar en este momento.

A la paradoja de la desinformación en tiempos de sobre-información, de la pérdida del instante en un momento en que el ahora es el único rey indiscutido, se agrega otra contundente realidad: los ojos que no ven dejan al corazón sentido, enojado, frustrado. No importa el resultado ni la calidad de lo que no pudieron registrar por sí mismos. La bronca la pueden entender todos los que disfrutan de los deportes (jugando o mirando), porque saben que el corazón late a full en vivo y en directo, aunque pueda ser feliz o desdichado en diferido.

29 de julio de 2008

Pausas

Hay momentos en la vida en que uno quiere tener una pausa. La necesita para detener el vértigo, la velocidad.


A veces, aún contra nuestra voluntad, nos cortan el tránsito y nos hacen tomar una pausa obligada.


Otras veces queremos seguir, nadie nos detiene, pero igual suspendemos el trayecto por un instante o mayor lapso de tiempo.


La pausa es en algunos casos silencio, en otros un momento de descanso o de reflexión.


O es el instante exacto que nos reservamos para poder tomar envión.


Como un malabarista a varios metros de altura, sobre la cuerda floja, a mitad de camino. Sin red.


No debemos mirar abajo ni pensar que no llegaremos del otro lado.


Tenemos que mantener el pensamiento positivo.


Si hacemos una pausa, debe ser para seguir con determinación.


Y allí la paradoja: decidimos poner pausa para que nada ni nadie nos detenga.

23 de junio de 2008

Acelerador, freno y cambio

Vivimos gran parte del día, de la semana y de la vida con el acelerador a fondo.

Andamos como choferes llevando a terceros de un lado para el otro. Nos dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a ellos, en lugar de a nosotros mismos.

De tan apurados que vamos, muchas veces nos olvidamos de poner el freno.

Algunos se dan cuenta de esto demasiado tarde, cuando están del otro lado (o se pegan un susto).
Mientras no estemos en ese grupo, hay que buscar la mejor manera de lograr poner el freno y hacer el cambio.

¿Qué suele hacer la gente?

  • Unos deciden cambiar de ruta y quizá siguen igual, a mil y sin respiro. Son los que cambian todo para que no cambie nada.
  • Otros tratan de usar el freno más seguido. Si lo logran, la máquina quizá no los lleve tan lejos, pero les dure más. Son los que aprenden a disfrutar de una travesía más lenta.
  • Hay quienes (se) prometen cambiar y siguen igual. Primera mayoría, por lejos.
  • Y hay otros que dan un volantazo tremendo. Frenan, se bajan y cambian totalmente. Ponen primera de nuevo pero de otra forma, descubren otro camino. Son los héroes de película, o de la vida real.
Mientras los unos y los otros bailan su bolero de Ravel, (para los de menos de 30 o los que nunca pasaron de películas de acción, les recomiendo ver este link para entender este juego de palabras, pero luego vuelvan a termina de leer esto), hay quienes se dedican a ser observadores.

Miran, piensan, calculan.

Y mientras dura el mientras y las cuerda les da, siguen con el acelerador a fondo, no ponen el freno y postergan el cambio.

¿Y vos? (¿Habré querido escribir "y yo"?)

Este es un buen momento para pensar si vas a cambiar todo para que siga igual, si serás un transeúnte lento, si vas a seguir siendo mayoría en algo o si, finalmente, te transformás en el héroe de película que siempre quisiste ser.