A veces es bueno saber que uno es algo.
La definición básica sobre la cual construir la realidad que nos rodea. O intentar cambiarla.
La única certeza absoluta corresponde a lo que algún día no seremos.
Más allá de lo que nos muestre el espejo, nuestras intenciones, lo que la sociedad indique o el "entorno" espere, debemos intentar saber con claridad quiénes somos. Definir lo que queremos ser y hacer hasta lo imposible para lograrlo.
El tema es complicado. Hay que separar lo que creemos que somos, lo que realmente somos y lo que queremos ser. El esfuerzo de entender -o aceptar- todo esto puede llevar décadas y quizá no podamos completarlo nunca.
Sin embargo, la dificultad no debe suspender el intento. El suspiro de la vida es demasiado importante como para dejarlo pasar con la cabeza en la almohada. Dormirse, en la intrascendencia o los laureles, es imperdonable.
La realidad de ser alguien que no queremos ser, o de apartarnos demasiado del ideal que pretendemos, renunciando a nuestras ilusiones, debe corregirse.
Al fin y al cabo (expresión literal en este caso) todos terminaremos con alguien diciendo en un momento frío el "no somos nada" de ocasión.
Esa verdad debe dejarse para la resignación del día después.
El regalo de la vida viene envuelto con la obligación moral de hacer algo razonable, plausible y merecido con ella.
16 de enero de 2011
Saber que uno es algo
16 de noviembre de 2010
Expectativas y logros
En el imperio de la avaricia, lo bueno, bonito y barato es ponderado como lo ideal.
En el reino de la abundancia los excesos hierven hasta derramarse.
En el andén del conformismo y la complacencia, quizá nos podamos sentir bien con lo bueno, aunque sea feito y carito.
Y, en algunos casos, hasta lo que es regular -incluso en el borde de lo malo- puede servirnos para lograr lo que esperamos o necesitamos.
El eterno debate entro lo ideal y lo posible tiene múltiples matices según la actitud y la forma de ser de cada persona.
Creo que hay algo claro en la discusión: si en la búsqueda de lo óptimo nos negamos a reconocer los avances obtenidos, perderemos la capacidad de alegrarnos por lo que es posible conseguir.
Si podemos bajar al menos levemente la expectativa de lo que consideramos ideal, la exigencia será más liviana, y la felicidad más frecuente.
Entonces, una fórmula a considerar es buscar siempre lo mejor, pero sin enloquecerse con objetivos inalcanzables, mantener la capacidad de apreciar los logros y, también, valorar el recorrido, más allá de los obstáculos o tropiezos en el camino.
En esa búsqueda, unos minutos pueden ser una vida; un abrazo, la convivencia; unas palabras, El Quijote de la Mancha; unos últimos instantes, un recuerdo para siempre; un estribillo, la canción más maravillosa; unas gotitas de agua o de vino, la diferencia entre el vaso medio vacío y el corazón medio lleno.
Nos vemos en el prôximo instante. En un reencuentro. Con expectativas bajas, para superarlas nuevamente.
5 de octubre de 2010
Cuestión de tiempo
El tiempo pasa y nos empecinamos en perderlo.
Cuando lo busquemos ya se habrá ido. Quizás nosotros también.
A veces queremos acelerarlo. Luego crecemos y deseamos que se vuelva más lento.
Las alegrías son fugaces. Las amarguras persistentes, los regresos mucho más rápidos que los caminos de ida.
Objetivamente el tiempo es siempre igual e inobjetable.
En lo subjetivo, el velocímetro se ajusta con los sentimientos y sensaciones: la felicidad acelera. De lo otro mejor no hablar ni escribir.
Los novelistas y poetas insisten en que el tiempo se detiene. Pero bueno, tienen licencia para soñar. El resto del mundo tiene que laburar y, veinte años más tarde, comprobar que el tango tenía razón sobre las dos décadas y la nada.
Mientras, muchos esperamos "algún día" para hacer algo que postergamos con frecuencia.
Lo archivamos para el futuro, que no existe nada más que en nuestra mente e ilusiones.
El pasado fue pisado y es reescrito por la memoria, caprichosa en recordar las situaciones como quiere. Hasta que ya no encuentra nada.
El presente es lo único que tenemos. Y a cada rato se va.
Entonces, hay que apurarse y tomar las decisiones importantes.
Fijar las prioridades.
Aplicar la eficiencia para hacer las cosas que no nos gustan o no nos convencen demasiado.
Y, así, dejarnos la libertad de “perder el tiempo” en lo que realmente nos hace felices, con quienes queremos compartir la vida, o tratando de encontrar eso que nos hace sentir bien.